El permiso de sentir: una llave para que el descanso en tiempos de vacaciones pueda ser reparador

Las redes sociales se llenan estos meses de postales perfectas: sonrisas frente al mar, atardeceres idílicos y una sensación constante de felicidad absoluta. Parece que a quienes viven esos momentos no les sucediera nada más. Sin embargo, la foto fija rara vez cuenta lo que hay detrás. A menudo caemos en la trampa de perseguir un bienestar puramente hedónico —centrado exclusivamente en maximizar el placer inmediato, acumular estímulos positivos y evitar a toda costa cualquier atisbo de malestar—. La ciencia y la experiencia clínica cada día nos dejan más claro que el bienestar eudaimónico, aquel basado en un propósito personal y la autorrealización, alejados del placer inmediato o superficial, son ingredientes claves, esenciales, para el bienestar emocional y promocionar una buena salud mental.
Llega el verano, cierras la agenda, preparas la maleta y, al sentarte por fin en la terraza o en el sofá sin prisas, en lugar de esa euforia prometida puede aparecer de repente una inquietud difusa, un nudo en el estómago o mil pensamientos en bucle. ¿Por qué cuesta tanto desconectar justo cuando por fin tenemos tiempo para hacerlo?
Durante el año, la vorágine diaria funciona como un anestésico involuntario: tapamos el cansancio acumulado, las frustraciones y los duelos cotidianos manteniéndonos ocupados. Al parar en seco en vacaciones, baja el ruido externo y emerge todo lo que dejamos en pausa. No es un fallo en tu capacidad de disfrutar; es tu sistema avisando de que hay emociones desagradables pendientes de escucha que reclaman su espacio.
Atender lo que hay en el "aquí y ahora": el paso previo al disfrute genuino
El mandato del bienestar hedónico nos empuja a utilizar los planes de ocio y las actividades placenteras como un parche para tapar lo incómodo y hacer como que no pasa nada (y esto no significa que no tengamos derecho a disfrutar de este tipo de placeres). Pero recurrir al disfrute para huir solo deja una profunda sensación de vacío. La anestesia emocional no es selectiva: cuando bloqueas la tristeza, la rabia o el miedo, también apagas la capacidad de conectar con el placer real, la relajación profunda y la calma que a veces tanto anhelamos encontrar cuando decidimos parar. Para poder disfrutar de una manera auténtica y genuina, es indispensable atender y sostener lo que hay, sin filtros ni huidas hacia adelante.
La psicología científica lleva décadas recordándonos que el equilibrio no se construye desde la evasión, sino desde la consciencia. Como demostraron John Mayer y Peter Salovey en sus investigaciones sobre Inteligencia Emocional, y como subraya en nuestro contexto Pablo Fernández-Berrocal, la autorregulación no consiste en forzar estados positivos ni en tapar el malestar, sino en transitar dos pasos esenciales:
- Identificar con precisión: Nombrar con exactitud lo que experimentamos sin maquillar la experiencia. Cuando decimos que nos sentimos raros, puede ser sobrecarga, decepción, tristeza acumulada o rabia contenida, por ejemplo. Además de que ese tipo de etiquetas nada compasivas y llenas de juicio pueden hacer que nos sintamos peor por el simple hecho de sentir, y huir aún más de la sensación que nos lleva a la emoción. En estos casos, hablarnos de una manera amable escuchando lo que el cuerpo nos quiere decir, e intentando ponerle nombre a lo que sentimos sin juicios, nos puede ayudar a identificar y a regular las emociones que puedan emerger.
- Comprender su función adaptativa: Cada emoción desagradable trae una información valiosa; la rabia cuida de tus límites personales, el miedo busca seguridad y la tristeza pide repliegue, cuidado y bajar el ritmo para poder ser atendida.
Escuchar y validar estas señales no significa quedarnos anclados en el sufrimiento, sino permitir que la emoción cumpla su función para que nuestro sistema nervioso deje de sentirse en guardia, nuestra amígdala pueda desactivarse y el placer pase a ser algo genuino que el cuerpo sea capaz de disfrutar.
Un balneario de autocuidado emocional en el aquí y el ahora
La ansiedad que surge en vacaciones suele ser una huida mental hacia el control del futuro, un pasado resonando en el presente influido por vivencias traumáticas o una resistencia directa a lo que estamos sintiendo en este instante, sobrepasando nuestra ventana de tolerancia emocional. Volver al aquí y el ahora abre un puente amable hacia la calma.
Te propongo que realices este ejercicio práctico para volver a aterrizar en el momento presente: cinco cosas que puedes ver; dirige tu mirada buscando cinco cosas que observas a tu alrededor: un boli, una foto, una mesa, un árbol, etc. Cuatro cosas que puedes tocar o percibir: una sensación física directa, el apoyo de tu espalda en la silla, la textura de una tela, la temperatura de tu piel, tus pies apoyados en el suelo... Tres cosas que puedes oir: busca tres sonidos en tu entorno que puedas identificar, como el ruido de una lavadora, el canto de un pájaro, tu propia respiración... Dos cosas que puedes oler: el aroma de una café, tu propio perfume... Una cosa que puedes saborear: un sorbo de café, una infusión, un chicle, una bebida... Para cerrar este ejercicio, haz tres respiraciones, inhalando en dos y exhalando en cuatro tiempos lentamente.
Tras realizar este ejercicio te puedes preguntar: ¿qué estaba sintiendo antes de sentir esa ansiedad?, ¿qué pensamientos o qué cosas ocurrieron antes?, ¿cómo me siento ahora?, ¿qué necesito y qué puedo hacer para atender eso que necesito?. Intentar hacernos estas preguntas cuando nuestro sistema nervioso está desregulado, puede llegar incluso a bloquearnos más, por lo que regularnos previamente puede ayudar a darnos respuestas con mayor claridad para atender lo que necesitamos.
Date permiso para sentir lo que necesites, concibiendo este tiempo como entrar a un balneario de autocuidado emocional. No tengas miedo a que emerjan emociones desconocidas o difíciles: no vienen a romper tu paz, vienen a liberarse. Abrazar el presente no significa que cada minuto del verano tenga que ser idílico, ni tampoco un conflicto continuo; significa una oportunidad con más tiempo para respetar tus propios ritmos internos y estar con lo que hay (algo que estaría bien poder hacer todo el año). Si necesitas llorar, aburrirte o simplemente sostener un rato de cansancio sin juzgarte, hazlo y mira a ver qué sucede después, sin juicios, con una mirada abierta y compasiva.
Dos prácticas sencillas para atender tus emociones tal y como son
Aquí te dejo otros dos ejercicios breves en los que puedes apoyarte:
- El mapa corporal (localizar y dar espacio): Cuando notes incomodidad, haz una pausa de tres minutos. Cierra los ojos y busca en qué parte de tu cuerpo resuena (la garganta, el pecho, el estómago o la mandíbula). Ponle un nombre sencillo («siento tristeza», «noto cansancio acumulado»), coloca tu mano sobre esa zona y respira hacia ella sin intentar cambiar nada, simplemente dándole permiso para estar. Si al hacer esto sientes incomodidad, puedes recurrir a realizar el primer ejercicio que te propuse más arriba.
- La pausa de autoindagación amable: Cambia la exigencia de «¿por qué estoy así si estoy de vacaciones?» por la curiosidad. Pregúntate: «¿Qué necesita decirme esta emoción hoy?» y «¿Qué pequeño cuidado puedo darme en este momento?» (quizá sea descansar un rato a solas, decir que no a un plan social o almorzar con calma y darte un paseo en contacto con la naturaleza).
Cuando dejas de batallar contra tus estados internos y te concedes el espacio para respetarlos y escucharlos en el presente, la tensión cede, el cuerpo confía y se abre, por fin, el espacio para descansar y saborear de verdad todo lo agradable.
Te deseo que en tus próximas vacaciones o descansos te des permiso para sentir lo que necesites, sin juicio, sin prisas, que te aportes la paz que mereces, estando en el aquí y ahora. Y, sobre todo, que esto lo puedas aplicar como una rutina más de autocuidado en tu día a día.
Porque a veces, el mayor descanso no está en lo que hacemos o no hacemos, sino en la presencia amable con la que nos permitimos ser y sentir.
Centro de Psicología Sanitaria Felicidad Molins Pastor